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31/01/2007 / Barcelona

Francisca Quinteros, ex guerrillera salvadoreña a punto de reencontrarse con su hija tras 24 años de separación: “Ni se imaginan lo que se sufre sin el privilegio de tener a mi hija entre brazos”

“Soy Francisca y he venido de El Salvador para ver a mi hija”. Estas han sido las primeras palabras en Casa Amèrica Catalunya de Francisca Quinteros, una ex guerrillera del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que se ha convertido en la primera mujer de su país que se traslada a Europa para reencontrarse con su hija, que le fue arrabatada cuando apenas tenía dos meses y posteriormente adoptada por una familia francesa. Esperanza Guadalupe, aquel bebé, tiene hoy 24 años, se llama Alice, vive en Toulouse y tiene una hija de 12 meses. El reencuentro se producirà este jueves 1 de febrero: “Es tan linda que me va a recibir muy bien. Ahora ya sabe que tiene dos familias: en Francia y en El Salvador”, ha explicado Francisca, viuda de 41 años y madre de otros 4 hijos. Según estimaciones de la asociación Pro-búsqueda, más de 9.000 niños desaparecieron durante la guerra civil en El Salvador (1980-1992).

“Soy Francisca y he venido de El Salvador para ver a mi hija”. Estas han sido las primeras palabras en Casa Amèrica Catalunya de Francisca Quinteros, una ex guerrillera del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que se ha convertido en la primera mujer de su país que se traslada a Europa para reencontrarse con su hija, que le fue arrabatada cuando apenas tenía dos meses y posteriormente adoptada por una familia francesa. Esperanza Guadalupe, aquel bebé, tiene hoy 24 años, se llama Alice, vive en Toulouse y tiene una hija de 12 meses. El reencuentro se producirà este jueves 1 de febrero: “Es tan linda que me va a recibir muy bien. Ahora ya sabe que tiene dos familias: en Francia y en El Salvador”, ha explicado Francisca, viuda de 41 años y madre de otros 4 hijos. Según estimaciones de la asociación Pro-búsqueda, más de 9.000 niños desaparecieron durante la guerra civil en El Salvador (1980-1992). 
 
La epopeya personal de Francisca Quinteros, que con un coraje y determinación admirables ha superado durante 24 años todo tipo de obstáculos para lograr reencontrarse con su hija, permite aproximarse a los sentimientos de miles de padres y madres salvadoreños desgarrados por una de las consecuencias más dolorosas de la guerra civil que azotó a este país centroamericano: la desaparición –“la peor tortura a la que se puede someter a un ser humano”, según Mario José Sánchez, coordinador de Pro-búsqueda– de más de 9.000 niños.
 
“Tengo tanta alegría de encontrar a mi hija que no sé cómo explicarla. Sólo le pido a Dios fuerzas para el reencuentro. Pero el dolor no cesa porque los recuerdos ahí están. (No saber de mi hija) duele tanto que no se lo imaginan. No puedo hablar de ello sin llorar, tengo que llorar”, ha balbuceado Francisca al intentar trasmitir lo vivido en estos 24 años de separación angustiosa. “Deseo con todo el corazón que se cumpla el sueño de todas las madres que pasan por algo parecido. Y pido a los gobiernos que actúen con justicia y escuchen al pueblo para que no hayan más guerras”, ha añadido.
 
Separadas a la fuerza
Francisca ha explicado al auditorio de Casa Amèrica Catalunya que con 14 años se sumó a la guerrilla después de que el ejército arrasara la aldea donde vivía con sus padres y hermanos. Era su única posibilidad de supervivencia. Su padre y un hermano habían muerto. Luego fallecería otro hermano víctima de las torturas de los soldados. “Vi cosas muy dolorosas como madres dando de comer tierra a sus pequeños. Otras los ahogaban para que no sufrieran más”. Así que Francisca “tomó el arma” y “me quedé combatiendo”.
 
A los 17 años, la joven dio a luz a una niña: Esperanza Guadalupe. Durante dos meses llevó al bebé en un brazo y el fusil en el otro. “Si salía de la guerrilla me hubieran matado así que cedí a la niña a una base de apoyo pero pasó el tiempo y no la volví a ver”. Era el inicio de su via crucis personal. “Cada día sufría pensando en que quizás iba a morir y nunca tendría el privilegio de volverla a tener entre brazos”. Desconocía en abosluto que su pequeña había sido adoptada finalmente por una familia francesa.
 
Amor imparable
En 1992, los Acuerdos de Paz ponen fin a la guerra civil pero el panorama no cambia para Francisca ya que el “presidente del país no quería resolver la cuestión de los niños desaparecidos”. La luz para empezar a superar su drama la encontró al conocer a Jon Cortina, el sacerdote vasco que poco después fundaría la Asociación Pro-búsqueda de niños desaparecidos en El Salvador. “Fue una esperanza muy linda en mi vida”, se sincera Francisca, que admite que al principio tenía miedo de que se investigara el paradero de su hija.
 
Las pesquisas de esta asociación condujeron el caso de Francisca a Toulouse. Tod apuntaba a que Alice era su hija, pero la joven francesa se resistió durante años a someterse a las pruebas genéticas que debían confirmar o desmentir aquellos indicios. “Ella creció pensando que su madre había muerto durante la guerra. Era muy doloroso, pero también la comprendía”, ha dicho Francisca, que ha explicado cómo logró convencer a su hija tras cinco años de cartas cruzadas. “Le pedí que fuéramos amigas. Le pedí una oportunidad, que se preguntara si su madre vivía. La escribía con amor y a los 5 años cedió y dio su ADN. Y no estaba equivocada. Fue la mayor alegría de mi vida, que mi hija vivía”.  
 
Satisfecha y felizFrancisca aguarda con ansia un reencuentro esperado toda la vida. Dice que en las fotografías, Alice “se parece mucho a otra hija mía y aunque por teléfono no nos entendemos – la madre habla castellano y la hija francés – su voz es muy parecida a la de mis hijas”. ¿Y cómo visualiza este momento?: “Yo la sigo imaginando como aquella bebita de dos meses que perdí. ¡Pero claro que soy feliz de que tenga su bebé!”, exclama en relación al regalo añadido de saberse abuela. “Me va a doler dejarlas pero volveré a El Salvador satisfecha y feliz de volver a abrazar a mi hija tras 24 años”, concluye Francisca.