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07/07/2006 / Barcelona

Serie “Colombia y el periodismo”, por Bernardo Gutiérrez, de Medios para la Paz: “Orígenes de la irrupción del narcotráfico en Colombia” (VI)

"Hay un fenómeno histórico que hoy hace que Colombia mantenga una presencia permanente en las crónicas rojas de los medios de comunicación en muchos países: el narcotráfico. Esta exportación nacional de primer orden, alimentadora de todo tipo de corrupción nacional e internacional -corrupción en la política, en los negocios, en las fuerzas de seguridad, en los aparatos judiciales- distorsiona y pervierte cualquier esfuerzo que se haga en Colombia dirigido a combatir sus males interiores, sociales, económicos y políticos". (En la imagen, de izquierda a derecha, Bernardo Gutiérrez; Gloria Ortega, directora de Medios para la Paz, y Antoni Traveria, director general del ICCI/Casa Amèrica Catalunya)

"Hay un fenómeno histórico que hoy hace que Colombia mantenga una presencia permanente en las crónicas rojas de los medios de comunicación en muchos países: el narcotráfico. Esta exportación nacional de primer orden, alimentadora de todo tipo de corrupción nacional e internacional -corrupción en la política, en los negocios, en las fuerzas de seguridad, en los aparatos judiciales- distorsiona y pervierte cualquier esfuerzo que se haga en Colombia dirigido a combatir sus males interiores, sociales, económicos y políticos.  
 
El proceso colombiano hacia el narcotráfico comenzó de manera casi ingenua, cuando a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta grupos de jóvenes norteamericanos, en busca de aventura y atraídos por el exotismo de las tribus indígenas y de las perfectas playas de la región, llegaron a Colombia tras una marihuana de estupenda calidad que se cultivaba en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, al pie del Caribe colombiano, que llamaron “Santa Marta Golden” (“La Dorada de Santa Marta”), y cuya fama había trascendido las fronteras nacionales. Venían a fumarla en compañía de los nativos y luego se llevaban a casa el excedente, pagándose el viaje al venderla allá, y creándose de este modo una pequeña leyenda para sí mismos en su tierra norteamericana, especialmente en California.
 
Poco a poco, y ayudados por la tradición centenaria del contrabando existente en la costa norte de nuestro país, los pequeños compradores de marihuana fueron derivando hacia la compra de la cocaína para llevársela de vuelta a sus Estados Unidos. El raciocinio no podía ser más simple: “si estamos llevando a casa, a California, a la Florida, tantos kilos de marihuana, que nos producirán tantos dólares al ser vendida, ¿por qué no nos llevamos el mismo peso pero en cocaína, que nos va a reportar cinco o diez veces más ganancias que la marihuana?”.
 
Cultivo
Por aquellas épocas, Colombia no era prácticamente productora, en sentido estricto, de la cocaína que compraban los viajeros norteamericanos. Tampoco sembraba la planta de la coca, excepto en las regiones indígenas del país, en donde los grupos indígenas cultivaban (y cultivan) este arbusto, para su consumo tradicional y centenario. La cocaína para la exportación se producía en Bolivia y Perú, hasta alcanzar lo que se denomina “la base”, y llegaba a Colombia para ser procesada en la última etapa de su refinación, que la convertía en la mejor cocaína del planeta.
 
Pero como toda demanda crea una oferta, y la cocaína colombiana era cada vez más  apetecida en el mercado norteamericano por su pureza y buena calidad, en pocos años los empresarios colombianos del narcotráfico estaban desarrollando variedades de la planta de coca para cultivarla en Colombia, para no tener que comprar la base a los productores originales en Bolivia y Perú (originariamente la planta de coca, milenario arbusto sagrado de los pueblos indígenas sudamericanos, encuentra su hábitat ideal en las tierras altas y frías de nuestras cordilleras andinas, y como en Colombia la mayoría de las tierras altas están densamente pobladas, y por lo mismo son de difícil condición para cultivar el arbusto, se hizo necesario desarrollar una variedad de la planta que pudiese crecer en las tierras bajas y cálidas del país -en esa época más marginales y solitarias que en la actualidad-, principalmente en las grandes extensiones aledañas a las selvas del Amazonas y del Orinoco. Así se llega a la condición de una planta capaz de crecer en todas las alturas, aunque con diversos grados de productividad dependiendo de la altura). Poco a poco se crean refinerías clandestinas, de todos los tamaños y capacidades, para procesar la hoja de coca, y los empresarios colombianos terminan adueñándose de todo el proceso productivo, desplazando a sus colegas de Perú y Bolivia.
 
Cárteles
Inicialmente, estos empresarios provenían principalmente de la ciudad de Medellín y de sus zonas aledañas, pero en unos pocos años surgieron por todas partes del país. Todos, seguramente, hemos oído hablar del cártel de Medellín, e incluso del cártel de Cali, que se solidificaron como los dos más poderosos cárteles del narcotráfico por ser los más históricos. Pero no sólo estos dos famosos cárteles llenan las páginas de los medios:  hay que añadir a los anteriores los hoy llamados cártel del Norte del Valle, cártel de la Costa, etc., que son los mayores supervivientes después de las ofensivas policiales y del ejército colombiano durante los años noventa, substituyendo de alguna manera a los dos primeros, y que se caracterizan, estos últimos, por ser menos cohesionados, más dispersos, con jefazos y jefecillos que en muchos casos se disparan entre sí hasta inundar de sangre regiones enteras en sus áreas de influencia. (Por cierto, esta característica hace que sean más difíciles de combatir, por su condición atomizada).
 El narcotráfico está, pues, saludable y sigue adelante, y constituye aún uno de los pilares fundamentales de la economía colombiana, así nuestras autoridades económicas lo nieguen y los medios de comunicación colombianos pretendan ignorarlo".