Esta web utiliza cookies propias y de terceros para ofrecerte un mejor servicio. Al navegar, consideramos que aceptas su uso. Más información

Aceptar
25/11/2009 / Barcelona

El agradecimiento a Mario Benedetti preside el emotivo acto de homenaje

Casa Amèrica Catalunya homenajeó esta noche a Mario Benedetti con un acto titulado “Poemas para hacerlos nuestros” y el recuerdo del uruguayo, su coherencia vital, inmenso legado y sensibilidad  emocionaron el abarrotado salón de actos de la Fundación. La voz de la actriz Mercedes Sampietro repasando algunas de sus imperecederas poesías y la recreación de la figura del más cercano Mario realizada por su biógrafa, Hortensia Campanella, sirvieron para forjar un ambiente único, una comunión entre los centenares de amigos barceloneses de Benedetti de todas las edades y generaciones reunidos para la ocasión. Los reunidos en homenaje no eran ya lectores incondicionales o devotos seguidores, sino ‘amigos’ próximos.

Quien así lo deseó, leyó en alto su composición, íntima y preferida, fuera “Piedritas en la ventana”, “Oración”, o “Currículum”. Todos los asistentes compartieron un reverencial silencio para escuchar “El Sur también existe”, musicado por Serrat, o el escalofriante “Desaparecidos” de Daniel Viglietti, acompañado por la voz, aún presente, del propio Mario.
             
El acto, auspiciado también por la Fundación Santillana y la Càtedra Unesco de la Universitat de Girona, arrancó con una presentación de Antoni Travería, director general de Casa Amèrica Catalunya, quien calificó el encuentro como “cálido, sincero y austero. Un recuerdo ideado para que Mario no se sintiera mal”.

Tras repasar algunas de sus entrañables vivencias personales con Benedetti, Travería cedió la palabra a Hortensia Campanella, autora de la biografía “Mario Benedetti, un mito discretísimo”, quien cautivó al auditorio desde la primera anécdota: “Cuando Mario vio el grosor del manuscrito de mi obra, lo primero que me dijo de manera espontánea fue: ‘¿Tanto he hecho en mi vida?’”.             

Y a partir de ahí, Campanella repasó desde el arranque tres décadas de relación personal culminada en una fraternal amistad, iniciada “en un hotel de la Gran Vía madrileña, a finales de los 70. Ya lo sabía todo de él y desde entonces, compartí vivencias con la persona, no ya con el escritor. Y el ser humano correspondía exactamente a la imagen proyectada, a la que sus lectores teníamos de él. Su vida y su literatura estuvieron muy unidos”.